La vi en una revista de fotografía, en casa de cualquiera. Ojeaba la misma con figurada desvergüenza, porque en realidad no quería estar allí, y eso me incomodaba, así que pretendía mostrar seguridad abusando de la confianza de aquella gente (es muy violento que un recién conocido se siente en tu sofá y toquetee sin más tus revistas. Son parte de la cara socialmente interna de tu personalidad, la que delata aquellos de tus gustos que quieres desplegar ante unos cuantos escogidos de entre los demás. Por eso están almacenadas parcialmente ocultas debajo de la mesa del comedor, para que las coja alguien que has invitado a casa en varias ocasiones, las ha visto allí apiladas, las ha escudriñado de lejos y ha leído los lomos, las fechas tan pretéritas, la satinada portada manchada con el poso de una taza, y al fin un día se aventura a preguntarte ¿puedo?).
Mi presencia allí era eventual y accesoria, era como el que pasa por la antesala del especialista y, sentado de una forma muy erguida, sonríe algo forzado y metódicamente a todos los matrimonios jubilados, parados a los que no se distinguen las cejas del bigote, agotadas madres acompañando hijos adolescentes, enfermeras eternamente premenstruales y, oh suerte la mía, alguna que otra mujer sexualmente atractiva.
Es decir, mis anfitriones eran amigos de amigos. Pasábamos por allí antes de salir de bares, nada más. Por eso, los que nos dibujábamos en aquel frugal salón no podíamos concretarnos más que en una etérea masa gaseosa, ya no existimos más que para nosotros mismos. Y aquí nos hallamos, pasando frío, todos hemos pagado el no haber profundizado en los misterios que ofrecía el otro con una vida rayana en la nada.

La única superviviente de aquella noche es Nan Goldin. A ella le habían zurrado bien. Tenía un ojo con los capilares saltados, supurando hematites que le cristalizaban en un ojo que parecía una coña marinera. Te han puesto el ojo morado tía, pues bien, era cierto que un ojo se torna morado con la debida insistencia. Y la carita hinchada. Pero cómo te echaste una foto en ese estado, zorra exhibicionista. Pensabas quizás en cómo aquello transcendería tu obra y se convertía en fotografía social, comprometida. Cappa llamaba a tu puerta. De golpe y porrazo te convertirías en cronista de lo marginal, cuando en tu vida sólo habías sido una gamberra, una tía que se lo pasaba de puta madre con sus amigas lesbianas y sus amigas drag queens y sus amigos maricones y sus machos cutres que fuman negro y les imaginas como a un Cassidy, les vistes de una vida interior llena de deseo por lo lírico, cuando lo único lírico, y a lo que te aferras como a un miembro ardiente, es su desmedido, hedónico deseo. Te podías permitir tirar tu dinero en estar de juerga un día tras otro, folladora de lo soez, y buscando ser admitida en el club de las malditas, te encontraste con un autorretrato de un ojo morado. ¿Síntesis de lo que había sido tu vida, o más bien el trofeo que llevabas buscando desde que te vino la regla? Porque las fotos de los sidosos, muy vistosas, muy de Dachau, pero ya había quien trabajara ese drama; que no es que llegaras tarde, pero ya había gente en la cola, hasta Foucoult estaba recién muertecito de sida. Con el ojo morado te pusiste tibia de fama, gasoil de alto índice de cetano para tu carrera a cambio de una caricia mal entendida.
Y te lo reconozco y lo admiro, tú fuiste la que tuviste los cojones de estar allí, humillada, y dispararte la foto. Los labios pintados de rojo. Cuando te miré por primera vez, pensé que eras cojonuda y estúpida, que quizás te guardaste la foto en la cartera y cuando conociste al siguiente aprendiz de rocky, la blandiste diciendo ‘no puedes superar esto, desgraciado’. Se me ocurrió también que quien se deja hacer eso es tonta o está enferma. Ahora te veo inteligente y un poco cerda, bien disfrutarías de aquellos polvos, cabrona.
Pero siempre me produjo tristeza aquella foto. Me hubiera gustado tratar de consolarte y acabar llorando de rabia, dolor e impotencia abrazado a ti. Rescatarte de ese pozo de dependencia febril para hacerte caer en el mío. O no, simplemente llamarte cada dos o tres meses y contarnos que hemos conocido a alguien especial, que nos casamos, que tenemos unos niños preciosos, que si te acuerdas de aquella vez que te pusieron el ojo morado, cómo llorábamos y lo bien que nos va ahora. Y, descontando las figuradas conversaciones telefónicas, sabes que no es autoengaño, sabes que es cierto como la figurada factura de Movistar cada fin de mes.