Canas

Solos otra vez, que más da…
hay almas de metal en el bar
me dices: ¿Qué haces por aquí? ¿Qué tal estás?
¿Ya estás borracho o qué? ¿Luego qué harás?

Precisamente hoy hablaba de ti
tuve que reconocer que estuvo genial
el tiempo que nos fue dado a compartir
quién sabe si esta noche querrás repetir…

Solos otra vez, que más da…
almas de metal sin usar
¿Qué haces por aqui? ¿Qué tal estás?
¿Ya estás borracho o qué? ¿Luego qué harás?

Precisamente hoy hablaba de ti
tuve que reconocer que estuvo genial
el tiempo que nos fue dado a compartir
quién sabe si esta noche querrás repetir…

¡Es una la-ta el traba-jar!

Ayer subimos al Top of the Rock. Además de mancharme de megalomanía lumínica, me llamó mucho la atención que en el pequeño centro de interpretación alojado abajo, en el acceso a los ascensores, mostrasen con orgullo la ficha de un tal gregory peck, 23 años, guía turístico del edificio en el 39.

dale, dale don daleY aquí delante hay una empleada del mcdonalds, señora de unos treinta largos, negra, ligeramente obesa, que se mueve como un perro pachón entrado en años, como un R4 blanco renqueante por los carriles a las afueras de tu pueblo, como un Marlon Brando borracho en el ocaso de su carrera, como tu abuelo con el gotero paseando por un pasillo blanco, radiante de modernidad. La mujer solloza recostada en una barandilla con mampara de cristal, la mitad del cuerpo balanceándose fuera, la otra mitad apoyada en la pared. Un hispano le pregunta de espaldas por el baño, y al verla tan afectada, cambia el tono y se interesa por su estado, por si necesita algo. Ella sonríe amarga, venenosa, y le gesticula que el baño, abajo en la entreplanta. Él se aleja avergonzado. Ella mira al techo, entrecierra los ojos y por un momento dejo de verla. No está allí, está sentada en el sofá de flores con su marido, recostada en su brazo, o con su madre en la cocina criticando el peinado de la vecina, escuchando música en la puerta de su bloque de viviendas, o sudando desnuda encima de su amante, su inseparable compañera del instituto.

Luego vuelve, se gira con la fuerza gravitatoria de un planeta exterior, abre una puerta y al cerrarla blande una escoba cargada de odio.

La fe en las virtudes del trabajo está haciendo mucho daño en el mundo moderno y el camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una reducción organizada de aquél.

Elogio de la Ociosidad, Bertrand Russell

Cardenales

La vi en una revista de fotografía, en casa de cualquiera. Ojeaba la misma con figurada desvergüenza, porque en realidad no quería estar allí, y eso me incomodaba, así que pretendía mostrar seguridad abusando de la confianza de aquella gente (es muy violento que un recién conocido se siente en tu sofá y toquetee sin más tus revistas. Son parte de la cara socialmente interna de tu personalidad, la que delata aquellos de tus gustos que quieres desplegar ante unos cuantos escogidos de entre los demás. Por eso están almacenadas parcialmente ocultas debajo de la mesa del comedor, para que las coja alguien que has invitado a casa en varias ocasiones, las ha visto allí apiladas, las ha escudriñado de lejos y ha leído los lomos, las fechas tan pretéritas, la satinada portada manchada con el poso de una taza, y al fin un día se aventura a preguntarte ¿puedo?).

Mi presencia allí era eventual y accesoria, era como el que pasa por la antesala del especialista y, sentado de una forma muy erguida, sonríe algo forzado y metódicamente a todos los matrimonios jubilados, parados a los que no se distinguen las cejas del bigote, agotadas madres acompañando hijos adolescentes, enfermeras eternamente premenstruales y, oh suerte la mía, alguna que otra mujer sexualmente atractiva.

Es decir, mis anfitriones eran amigos de amigos. Pasábamos por allí antes de salir de bares, nada más. Por eso, los que nos dibujábamos en aquel frugal salón no podíamos concretarnos más que en una etérea masa gaseosa, ya no existimos más que para nosotros mismos. Y aquí nos hallamos, pasando frío, todos hemos pagado el no haber profundizado en los misterios que ofrecía el otro con una vida rayana en la nada.

Te pasa algo en el ojo?

La única superviviente de aquella noche es Nan Goldin. A ella le habían zurrado bien. Tenía un ojo con los capilares saltados, supurando hematites que le cristalizaban en un ojo que parecía una coña marinera. Te han puesto el ojo morado tía, pues bien, era cierto que un ojo se torna morado con la debida insistencia. Y la carita hinchada. Pero cómo te echaste una foto en ese estado, zorra exhibicionista. Pensabas quizás en cómo aquello transcendería tu obra y se convertía en fotografía social, comprometida. Cappa llamaba a tu puerta. De golpe y porrazo te convertirías en cronista de lo marginal, cuando en tu vida sólo habías sido una gamberra, una tía que se lo pasaba de puta madre con sus amigas lesbianas y sus amigas drag queens y sus amigos maricones y sus machos cutres que fuman negro y les imaginas como a un Cassidy, les vistes de una vida interior llena de deseo por lo lírico, cuando lo único lírico, y a lo que te aferras como a un miembro ardiente, es su desmedido, hedónico deseo. Te podías permitir tirar tu dinero en estar de juerga un día tras otro, folladora de lo soez, y buscando ser admitida en el club de las malditas, te encontraste con un autorretrato de un ojo morado. ¿Síntesis de lo que había sido tu vida, o más bien el trofeo que llevabas buscando desde que te vino la regla? Porque las fotos de los sidosos, muy vistosas, muy de Dachau, pero ya había quien trabajara ese drama; que no es que llegaras tarde, pero ya había gente en la cola, hasta Foucoult estaba recién muertecito de sida. Con el ojo morado te pusiste tibia de fama, gasoil de alto índice de cetano para tu carrera a cambio de una caricia mal entendida.

Y te lo reconozco y lo admiro, tú fuiste la que tuviste los cojones de estar allí, humillada, y dispararte la foto. Los labios pintados de rojo. Cuando te miré por primera vez, pensé que eras cojonuda y estúpida, que quizás te guardaste la foto en la cartera y cuando conociste al siguiente aprendiz de rocky, la blandiste diciendo ‘no puedes superar esto, desgraciado’. Se me ocurrió también que quien se deja hacer eso es tonta o está enferma. Ahora te veo inteligente y un poco cerda, bien disfrutarías de aquellos polvos, cabrona.

Pero siempre me produjo tristeza aquella foto. Me hubiera gustado tratar de consolarte y acabar llorando de rabia, dolor e impotencia abrazado a ti. Rescatarte de ese pozo de dependencia febril para hacerte caer en el mío. O no, simplemente llamarte cada dos o tres meses y contarnos que hemos conocido a alguien especial, que nos casamos, que tenemos unos niños preciosos, que si te acuerdas de aquella vez que te pusieron el ojo morado, cómo llorábamos y lo bien que nos va ahora. Y, descontando las figuradas  conversaciones telefónicas, sabes que no es autoengaño, sabes que es cierto como la figurada factura de Movistar cada fin de mes.

Luna(res)

Me hice mayor velando sus sueños.

Vertigos de Fotolog

Vale, parece que tengo caca.

Aquí hay mucho que rascar.

Luego me paro y miro alrededor. Hace frío. No hay nadie. Está oscuro. Siempre estuvo así desde aquella noche en que cerraste la puerta para poder dormir BIEN. Soy el que no coge el ascensor y sube las escaleras cuando llega a las cinco de la onche. No enciendo la luz para mear. Esto no me da miedo. ¿Qué sí me da? Que no me quieran aquellos a los que quiero. Que se mueran o yo me muera, que es lo mismo. Que no me interese saber quién me acompaña. Eso sí que acojonaba.

Vale, era vértigo.

Ella ha tenido una vida propia y rica. Muchas veces intersecta con la tuya.  En otras corre paralela o diverge. Sea como sea, corro arriba y abajo por su pasado y me gusta cada vez más. Mucho más. Y después de un buen rato, llego al principio, que es el fin.

Me pregunto cómo podría yo ser el culpable de que este torrente delicioso se agotara.

Es obvio que es más fácil producir desde la desesperanza y la tragedia que desde el placer. La amargura que produce el sabernos caducos nos urge a amar con desmesura, es la madre de la belleza. Trágicos hasta la médula, queremos que el otro nos comprenda lanzándonos a gritar que somos, y que somos únicos y relucientes.

Pero sabes,

Se supone que la vida no tiene por que ser tan estridente. Mamá está equivocada, y los libros mienten, querida esposa. Los Punsetes, cantando verdades a medias como puños.

Que yo seguiré levantándome con la luz apagada a contar olivos, por el balcón, y cuando vuelva a la cama te seguiré queriendo. ¿Serás tú capaz también de eso?

Lo mejor está por llegar, palabra de cínico.

Y aquí a mi lado hay sitio para todos.

Sólo que el más especial es el lugar que tú tienes reservado.

Todo un sillón orejero de abuela.

Quiero cantar canciones guarras en brazos de la muerte.

A dúo contigo.

Ese oscuro objeto del deseo

Ay Conchita...

El mundo, como siempre, se va a la mierda. Aburrido de sí mismo. El otro se extingue, víctima de una autoimpulsada violencia. Lo hace a mi alrededor, bajo mis narices. Pero no me importa. Por que deseo a Conchita. Tengo todo lo que un hombre necesita para cubrir sus necesidades básicas. Tengo mucho más. Hasta un mayordomo misógino. Pero la quiero a ella. La quiero por que llena mis entrañas de bullicio, por que la deseo. Ella es el lujo que me autoimpongo, el juguete de mis fantasías, el atractor primero, el fin de mi existencia.

Soy una apasionada soñadora y también una inocente zorra. No hay nada que arreglar en esto. No tienes derecho a quejarte: eres tú quien me deseas, no soy yo la que tiene que adaptarse a ti. Yo soy mía. A veces creo que podría amarte, si no fuera por que me quieres a pesar de mí. No me quieres a mí, quieres tu deseo por mí. Tan cegado estás por él que no me ves. Te crees que me puedes comprar. Sí, puedes. Pero no con aquello que no valoras. No quiero tu dinero. Quiero tu deseo. Quiero que me lo entregues y me dejes hacer con él lo que me apetezca. Quiero ser la esclava que te posee.

Un peliculón, vamos.

A ver cuánto dura

contrólate lobito

Qué gustirrinín da a veces imaginarse sabedor de un truco abajo, R, arriba, L, A, B, que permita cambiar el negativo del daguerrotipo por una imagen en braille. La tocas y ves que el camino que marcaba el GPS estaba anticuado. Rememoras la ruta en veintitrés ocasiones (Hola Jeff! Ah, no, comida es makla!), le das al off y giras tres veces antes de entrechocar los tacones (leones, tigres y pespuntes!) y llorar, por que te despides de lo que no valía nada y que tanto te ha llenado con su peso. Cuando llegas, estás allí, sobre el Sahik luhuk, muy peripuestamente Atreides, y mandas. Por fin mandas. Aunque sea por obra de un truco.

(Vamos, que la reunión con Semih muy bien, voy a poder argüir que he hecho algo aquí, además de amar, cuando me preguntéis por los bares)

Sólo nuestros actos dan fe de cuanto queremos realmente; podemos recrear nuestras motivaciones y decirnos a nosotros mismos que nuestros deseos apuntaban en otra dirección, pero en realidad el único notario de nuestras auténticas voliciones es aquello que hacemos.

Schopenauer

Cefalea

Cómo relucen las luces del árbol!

A reemplazar los adornos juguemos, va. Que las apuestas son altas, vienen cargadas del riesgo de toda una vida al abrigo de un único puerto. Tantas veces no quise ser en otro, y aquí me tienes, perdido en los otros que me zumban en el pecho. Dulce falacia la del creerse. Así que pliego esa idea, desvisto ese principio, estiro los brazos, así, arriba, y ajustado luzco este corsé de delicadas sedas y cortantes lazos. Recógete el ego y ponte la peluca de enmarañada ceniza. Pregúntame sobre el amor ahora, que me será fácil acertar con el diálogo. Pues hablará por mí este ardor guerrero. Que no siento, sólo marcial manda. La emoción no existe, sí sus útiles consecuencias en forma de actos. Entonces, pregúntame y abáteme, desliga de esta bolsa toda abigarrada consciencia. La Mímesis es el ser. Mintiendo a tu gusto no fracaso. Y como el árbol de navidad de plástico, rey imperecedero del salón, sabedor de que, no siendo vegetal, es mejor que ninguno de ellos; barroco, me abrazo a la victoria.

Me preguntan sobre el amor

Y no se percatan

De lo que hablan de ellos mismos

De que se responden ellos mismos.

Miedos al vacío

La del segador surfeando en un tablero de ajedrez mola más, peeeero...

Sí, es mi mano.

La puedo mover, noto el pulso, corre la sangre, el sol sigue en lo alto iluminándolo todo.

Y yo, ¡ Yo, Antonio Block!

Juego al ajedrez con la muerte.

Por qué amo a Amanda Palmer

eso duele, ni me imagino cómo será hacertelo en el... bigote

Por que sólo se depila el sobaco cuando tiene que hacer un show seudoerótico con todo el cuerpo maquillado (y quedaría muy feo con pelitos por allí y por allá…) para que Kevin Smith (sí, el gachón freak de la trilogía de New Jersey, Clerks, Mallrats, Persiguiendo a Amy…) libere a la putita de su novia Neil Gayman (sí, el flemático freak creador de Sandman, Stardust o Good Omens).

Esta peña está redefiniendo la relación entre el creador y el espectador a través de uso extensivo de las nuevas tecnologías. Hablamos de una tipa que autogestiona sus creaciones, vendiéndolas directamente al interesado sin necesidad de intermediarios, que convoca reuniones para tocar el ukulele en una plaza de Innsbruck y de lo que la peña aporta por su buena voluntad se paga todos los gastos derivados e incluso saca beneficios, aparte de pasárselo de puta madre, postea en su blog “ey, que me voy a pasar un finde en Berlin, alguien me da la dirección de un hotel? Y tiene cien ofrecimientos de casa donde dormir. La bestia del cabaret punk lo es también en la gestión de las relaciones con sus seguidores.

Aparte de ser una cachonda que se mea, no literalmente como la joven Alaska, en todos.

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